Koko, nacida en 1971 en el zoológico de San Francisco, se convirtió en un símbolo de la inteligencia animal gracias a los esfuerzos de la Dra. Francine Patterson, quien le enseñó ASL. Para 1983, Koko ya había aprendido más de 1.000 palabras y podía formar oraciones complejas, demostrando una comprensión emocional sorprendente. Uno de los episodios más conmovedores de su vida fue la adopción de un gatito llamado All Ball en 1983. Koko lo cuidaba como a un hijo, lo acunaba y jugaba con él, expresando un vínculo maternal que trascendía especies. Sin embargo, en 1985, All Ball escapó y fue atropellado por un auto. Koko, al enterarse, se derrumbó en llanto: firmó “Llanto triste, triste lavar” y rechazó comer durante días, mostrando un grief genuino que los expertos compararon con el humano.
Seis años después, en 2001, Koko aún no había recuperado su sonrisa habitual. Su duelo persistía, y los cuidadores de la Gorilla Foundation en Woodside, California, buscaban formas de alegrarla. Fue entonces cuando invitaron a Robin Williams, conocido por su energía inagotable y su habilidad para conectar con lo inesperado, a visitarla. El objetivo era simple: hacerla reír de nuevo.
El encuentro tuvo lugar en una humilde cocina adaptada como espacio de interacción, con estanterías llenas de libros, un viejo televisor y un reloj de pared marcando el paso del tiempo. Williams, vestido con una camiseta negra y pantalones caqui, entró con su característica timidez juguetona. Frente a él estaba Koko, la gorila de 30 años, con su pelaje negro brillante y una expresión melancólica.
Lo que siguió fue pura magia. Williams comenzó con gestos suaves, ofreciendo su dedo para que Koko lo oliera, como un saludo respetuoso. Pronto, la gorila tomó la iniciativa: le quitó las gafas al actor y se las puso ella misma, explorando con curiosidad infantil. Williams, lejos de molestarse, respondió con una risa genuina y un guiño cómico. Luego, el momento culminante: Koko firmó “Tú cosquillas” (you tickle) y, con un movimiento juguetón, comenzó a hacerle cosquillas a Williams. El comediante estalló en carcajadas, retorciéndose en la silla, mientras Koko emitía sonidos de deleite —su versión de una risa gorila— por primera vez en meses.
En el video, se ve cómo Koko abraza a Williams con fuerza, como si lo reclamara como amigo. Él, a su vez, le devuelve el gesto con un abrazo cálido, murmurando palabras de consuelo entre risas. “Es como si supiera exactamente qué hacer para sacarme una sonrisa”, comentó más tarde Williams en una entrevista. Este intercambio no fue solo diversión; fue una lección de reciprocidad emocional. Koko no solo recibió alegría, sino que la dio de vuelta, firmando frases como “Siguiente beso” para prolongar el momento.
Este encuentro no solo levantó el ánimo de Koko —quien pronto recuperó su vitalidad y continuó interactuando con visitantes—, sino que también inspiró debates sobre la conciencia animal. La Gorilla Foundation lo documentó como prueba de que los grandes simios experimentan emociones complejas como el duelo y la alegría, abogando por su conservación. Trágicamente, tras la muerte de Williams en 2014, Koko firmó “Llanto, triste, puzzle” al ver fotos de él, mostrando que el vínculo perduraba.
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